RICHARD CONNIFF, PERIODISTA Y NATURALISTA
     "Ser rico es como ser alto y lucir melena"
  



Tengo 51 años. Vivo en Connecticut, EE.UU. Estoy casado y tengo tres hijos. Me licencié en Literatura Inglesa. Trabajo con "The National Geographic" y con "The New York Times Magazine". Estoy en contra de lo que está haciendo Bush en Iraq. Soy católico cristiano. Publico "Historia natural de los ricos", editorial Taurus

¿Los ricos son distintos?

-"Lo malo de ser rico es que uno no ve más que a otros ricos", me dijo un multimillonario. Así nace una subespecie cultural.

-¿El "Homo sapiens pecuniosus"?

-La dinámica de ser rico aísla a las personas del resto de la población fomentando la diferencia, que es el primer paso de cualquier proceso evolutivo. Entran a formar parte de una comunidad cerrada y endogámica, con sus propias conductas, códigos y hábitats. Veranean juntos, van a los mismos locales, se visten igual y se casan entre ellos.

-¿Treinta millones de años trepando?

-... Y buscando un puesto de jerarquía, como han hecho siempre todos los primates. Aunque casi todos los ricos digan que el dinero, en sí mismo, no les interesa demasiado.

-¿Qué quieren?

-Uno puede acumular a su alrededor signos y símbolos, pero todo se reduce a lo mismo que el trasero colorado de los monos, es decir:"Préstame atención".

-Pero no todos los ricos son ostentosos.

-A los nuevos ricos les encanta mostrar su poderío. Pero los ricos de toda la vida son menos ostentosos. En los años 80 en Nueva York a los millonarios les dio por conducir un Lancia nada prepotente que era en realidad un Ferrari disimulado fabricado por la familia Agnelli. Estos signos externos son a menudo demasiado sutiles para que los extraños los perciban, que es de lo que se trata.

-¿Qué es lo que más les define?

-La capacidad de sentir que son los jefes bajo cualquier circunstancia y eso está en su actitud y en su planta, exactamente igual que los animales alfa de cualquier especie.

-¿El tamaño es importante?

-En realidad, el duro varón dominante que masca un gran puro y que se lo mete en plena cara a los demás está realizando en lo fundamental la misma exhibición de rango sexual que hace el pequeño mono ardilla.

-¿Qué hace este?

-Abrir las patas y plantarle el pene erecto en la cara a un subordinado. Pero para los ricos es de suma importancia la estatura.

-Pues los hay bajitos.

-Sí, y acomplejados, cada vez que a Berlusconi le hacen una foto se pone de puntillas y cuando asiste a una reunión exige que le pongan un cojín en su silla. Lo mismo hace el macho alfa de una manada de lobos.

-¿Intenta parecer más grande de lo que es?

-Sí, siempre va con la cabeza y el rabo levantados. El agente de Hollywood Michael Ovitz le dijo en una ocasión a un empleado que medía casi dos metros: "Es usted demasiado alto para este negocio. Tiene que irse a otro o cortarse las piernas, porque es una amenaza para mí".

-¿Por qué soportamos su arrogancia?

-Porque, se diga lo que se diga, todos queremos ser como ellos. Prestamos tanta atención a los ricos como un grupo de gorilas de espalda plateada sigue a su líder dominante, y como ellos avanzamos a través de la jerarquía. "La riqueza no cambia a las personas, cambia la manera en que la gente te trata", dijo Henry Nicholas.

-¿Sus necesidades nos hacen avanzar?

-Así es, en su búsqueda por el estatus que se expresa a través de símbolos crean objetos que luego pasan al uso corriente, como la alfarería, los libros o los zapatos de cuero.

-¿Los ricos son más promiscuos?

-Sexualmente, los machos alfa tienen muchas más oportunidades que los otros, por no decir todas. El multimillonario Jack Welch, gran ejecutivo de General Electric, bajo, calvo y feo, escribió: "Ser rico es como ser alto y con una gran melena rubia". El dinero es un gran afrodisíaco que convierte a las hembras de los ricos en "mujeres trofeo", lo que tiene para ellas espantosas repercusiones.

-¿Ah, sí?

-Una mujer vestida de alta costura y llena de joyas sirve de publicidad sexual a su marido. Los machos dominantes, ya seanelefantes marinos o gente como Gordon Getty o Donald Trump, atraen a más mujeres exhibiendo su poderío. Cuando preguntaron a Peggy Guggenheim cuántos maridos había tenido, respondió: "¿Míos o de otras?".

-Parece que lo tienen todo. ¿Por qué se juegan la vida en ridículas aventuras?

-Cuando un hombre ha conseguido mil millones de dólares, conseguir más dinero no es un desafío. Las acciones arriesgadas son una manera de decir lo intrépido y apto que es. En el mundo animal también ocurre.

-¿También son bobos?

-También. Cuando un antílope se juega la vida dando botes delante de un guepardo en lugar de correr en línea recta, le está diciendo: "Ni te molestes en intentarlo".

-¿Y qué opina el guepardo?

-Va a por los que corren aunque vayan mucho más rápido. Cuando los ricos se juegan la vida, están eliminando adversarios diciéndoles: "Yo soy todopoderoso".

-¿Qué similitud entre animales y humanos le ha sorprendido más?

-Yo pensaba que la filantropía era una característica humana. Sin embargo, el pájaro charlatán árabe, cuando consigue un gusano en medio del desierto, en lugar de comérselo hace que un subordinado le mendigue y, una vez humillado, le da el gusano. Entonces, él se infla y se pavonea como un rico posando ante un fotógrafo en una fiesta benéfica.

-Pero los monos no heredan el poder.

-Se equivoca, a ciertos individuos de los monos verdes se les inculca desde pequeños el sentido de poder y dominio, por eso yo identifico a Bush con un jefe macho de la especie de los monos verdes: sin ninguna inteligencia sobresaliente, ha heredado el poder de su padre y de su abuelo.


LA VANGUARDIA - 25/11/2002



  ROSA REGÀS, ESCRITORA 
     
"El paso del tiempo nos vuelve locos"
 



Tengo 68 años. Nací en Barcelona y vivo entre Madrid y la provincia de Girona, donde tengo muchos animales. Estoy jubilada y separada. Tengo cinco hijos y trece nietos. Estudié Filosofía. Creo en los derechos humanos y soy contraria al liberalismo económico. Soy agnóstica. Publico "Per un món millor" con la editorial Ara Llibres

-A usted la educaron en un colegio nudista.

-Sí, de los 3 a los 6 años, cuando mis padres se exiliaron a Francia. Recuerdo que cuando nos amonestaban el castigo era insólito.

-¿Vestirse?

-No, comer el flan sobre el plato del revés. Así aprendí que el castigo consiste en ser distinto a los demás.

-Pues se ha pasado usted la vida castigada.

-Sí, toda mi vida me he debatido entre el resentimiento por ser excluida y el orgullo de ser distinta. Había muchas familias que no querían que fuéramos amigas de sus hijas, teníamos el estigma del pecado.

-...¡Si fueron criados por un respetable abuelo!

-Sí, pero a mis padres les quitaron la patria potestad de sus hijos por rojos y por divorciarse. El abuelo nos encerró en un internado. Era de los que se creían representantes de Dios y que la letra con sangre entra. Todos los hermanos tenemos pesadillas con él.

-¿Un facha convencido?

-Un burgués catalán que, como la mayoría, cuando vino Franco se pasó a Franco.

-Si dice estas cosas, se van a enfadar con usted.

-Ya, pero mi abuelo hizo lo que hacían todos los demás, era producto de una época.

-¿Ha mejorado la burguesía catalana?

-Hoy sé poco de ella, aunque cuando veo que van a votar a Piqué pienso que son los mismos que se pusieron del lado de Franco.

-¿Añoraba a sus padres?

-Nunca viví con ellos. A mi madre la veía una vez al mes en el Tribunal Tutelar de Menores y no podía tocarla. Los he visto muy poco y los he querido mucho. De mayor los he visto mucho más.

-¿Y con qué personas se ha encontrado?

-Los tenía muy mitificados, representaban hitos de belleza, inteligencia y cariño, pero la realidad nunca es tan benevolente.

-¿Se casó para huir del abuelo?

-Sí, de hecho salí del internado y me casé; y también porque la principal obsesión de mi vida era tener una familia propia.

-¿Vivió una buena juventud?

-No tuve juventud, enseguida tuve hijos. Pero estando embarazada de mi tercer hijo quise ir a la universidad y ahí recuperé una juventud que todavía me dura.

-¿Cuál ha sido la peor edad?

-Cuando salí del colegio y fui descubriendo lo que era el franquismo, la represión, la sensación de pecado, de culpa. Luego, en la universidad, me di cuenta de que el mundo era mucho más amplio que aquel entorno burgués y catolicón donde vivía.

-¿Es usted una mujer valiente?

-Creo que sí, porque, excepto la muerte de las personas queridas, nada temo. No pasa nada si me equivoco en una decisión; y si hago algo mal, rectifico.

-¿Decidió vivir con su marido separada?

-Sí, decidimos mantener la familia a pesar de que nuestras relaciones estaban rotas.

-Difícil.

-Pero tenía cinco hijos y en aquella época si me hubiera separado me habría quedado sin hijos. Además, necesitaba un padre para ellos y pactamos. Todavía hoy nos tenemos mucho respeto y mucho cariño.

-¿Qué la mantiene a usted entera?

-Yo me agarré a una frase que me dijo un fantástico sacerdote del internado, Manuel Trens: "Si buscas una mano que te ayude, la encontrarás al final de tu brazo".

-¿Cuándo se sintió dueña de su vida?

-Me costó mucho porque cometí muchos errores profesionales y sentimentales. Aguanté situaciones que me denigraban. Soy muy vulnerable. Pero en el 84 rompí con todo.

-¿Qué pasó?

-Me separé, vendí la editorial, dejé de fumar y me fui a Suiza como traductora de la ONU. Sólo quedaba volver a empezar. Desde entonces tengo menos amigos, pero no por resentimiento sino porque los veo venir.

-¿Qué le han dado sus hijos?

-Para mí han significado poder dar rienda suelta a todo un cariño que tuve contenido durante mi infancia.

-¿En qué nos equivocamos hombres y mujeres en el trato mutuo?

-En todo. Las mujeres de mi generación todavía tenían en la cabeza esa cantinela de que el verdadero amor está en la renuncia, y creo que los hombres no valoran a las mujeres. A unos y a otros nadie nos ama como quisiéramos, es un problema cultural.

-¿Dónde ha encontrado la amistad?

-En la complicidad de mis hermanos. Y con los años he descubierto la amistad con las mujeres, con ellas puedes hablar horas, con un hombre la conversación se agota enseguida, sobre todo si hablas de sentimientos.

-¿Cómo vive la muerte?

-Con desconcierto, es como cuando me voy de mi casa del campo, todo sigue allí: el viento, los árboles..., pero yo no lo veo. Me da envidia... y rabia.

-¿Cuál ha sido la mayor lección de su vida?

-Que el paso del tiempo nos vuelve locos y que todo lo que hacemos es para no pensar en ello. Un día el director del museo de Damasco se despidió de mí diciéndome: "Adiós y que sea feliz en su trabajo".

-Curioso.

-Sí, no lo he olvidado, porque el trabajo es un regalo que nos hacen los dioses para que no nos enloquezca el paso del tiempo. Siempre me fijo en el cenicero junto a los fogones de la cocina, lleno de cerillas. Cada cerilla es un día que ha pasado y eso me angustia.

-¿Desde siempre?

-Desde el día en que contenta corrí hacia mi profesor de latín: "¡Padre, padre, ya tengo 11 años!"... "Regàs: ya no tiene 11 años".

 

LA VANGUARDIA -  29/10/2002


 
 ANTONIO Lafuente - Investigador del CSIC.
 

 

¿PREMIAR A IMBÉCILES?

Harvard acaba de conceder, en paralelo a los Nobel suecos, los galardones IgNobel 2002 para distinguir investigaciones increíbles como la de la mejor manera de mojar las galletas en el té.

 

La ciencia es un tren con muchos vagones y no todos cargan con la misma mercancía. Estos días la Academia Sueca está otorgando los Nobel y también, como todos los años, la Universidad de Harvard convocó la semana pasada a la prensa para informar sobre los IgNobel, un honor discutible que recompensa investigaciones cuyo objetivo es increíble.

 

Este año el de Física se va para la Universidad de Múnich, donde A. Leinke ha encontrado la ley que regula la desintegración exponencial de la espuma en un vaso de cerveza. El asunto, sin embargo, no acaba con la carcajada, pues los organizadores quieren convertir un simpático evento local en un acontecimiento mundial. Pongamos otros ejemplos no menos desconcertantes. El año pasado, el galardón de Medicina fue para P. Barss (McGill University) por su trabajo sobre los traumatismos craneales debidos a la caída de cocos en Nueva Guinea. En 1999, L. Fisher (Bristol University) mereció el de Física por unos experimentos que confirmaban que la galletas deben mojarse en el té horizontalmente, y no de punta como hace la gente. Un año después, la British Standards Institution obtuvo el de Literatura por un folleto de seis páginas que explicaba cómo hacer té. C. Niswander recibió el de Informática (2000) por un software capaz de detectar a los gatos que pisan el teclado y espantarlos con un ruido. En fin, añadamos el del doctor Yagyu (Hospital Universitario de Zurich) "por medir distintos patrones de ondas cerebrales en individuos que mastican chicles de diferentes sabores".

 

Pero, mientras reímos, algo nos retumba, pues McGill, Múnich, Zúrich tiene mucho prestigio: no son Mickey Mouse Universities. ¿Se trata entonces de un circo para idiotas geniales (IG)? Tal vez, sí. En todo caso hay que reconocerles varios méritos, aunque sólo sea el interés en asuntos tan cotidianos. ¿No se puede argumentar, dicen los organizadores, que dedicar tanto tiempo a la investigación prueba que es una actividad divertida y enriquecedora? Así, entre risas, los premios intentan atraer nuevos públicos para la ciencia. Los trabajos premiados tiene algo en común: convierten un hecho circunstancial o una anomalía experimental en un fenómeno insólito. Esto fue lo que también les pasó a Pons y Freshman, en 1989, cuando proclamaron pletóricos el descubrimiento de la fusión fría del átomo, algo así como el Santo Grial de la tecnología nuclear. A los pocos días se les arrugó el ceño y dejaron de esperar noticias de Estocolmo, temiendo que llegaran de Harvard. Y es que la presión para publicar es tan grande que hace de los laboratorios peceras mediáticas donde se exagera la importancia de algunos datos científicos. Un problema más agudo, si nos referimos a un tipo de científico ermitaño que, como nuestros IG, está algo aislado.

 

La lista de premiados desde 1991 muestra que se trata de verdaderas investigaciones publicadas en verdaderas revistas científicas, lo que significa que bajo el manto de la ciencia se pueden publicar las mayores tonterías: eso sí, tiene que ser con mucho método. Es difícil evitar la impresión de que todo son ocurrencias sacadas de un supermercado patafísico.

 

Nadie quiere premiar a imbéciles. De hecho, el fundador del galardón, Marc Abrahams, insiste en que no se pretende humillar a nadie, sino "rendir homenaje al desorden en el que vivimos la mayor parte del tiempo", pues es verdad que la frontera entre lo genial y lo chusco puede cruzarse sin que salten las alarmas. Estos días se habló del fraude científico y la necesidad de revisar los controles de calidad. La preocupación es creciente. Algo falla, pero la culpa no es de los IgNobel, que sólo buscan más leyes matemáticas. Representan el más heroico y patético esfuerzo en hechos intrascendentes. Matan moscas a cañonazos. Y son entrañables, por simpáticos, además de enseñarnos algunos desórdenes que invaden la práctica científica.

 


GÉNERO DE PUNTOS

Toumai, un fósil encontrado en Chad y presentado hace unos meses como el resto más antiguo (seis o siete millones de años) que se conservaba de nuestra especie, se ha caído del trono. Un grupo de antropólogos estadounidenses ha concluido que el cráneo no pertenece a un homínido, sino a una especie femenina de gorila.

 

Hasta hace unos días, el alemán Hendrik Schön sonaba como posible candidato al Nobel de Física. Pero lo cierto es que ha sido expulsado de los prestigiosos Laboratorios Bell al confirmarse que había inventado o falsificado muchos datos en más de 20 artículos publicados en revistas profesionales, incluyendo las renombradas Science y Nature. A.L.

Extraído de El Periódico de Catalunya

12 de octubre de 2002